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Arrieros somos. Por Reinaldo Antonio Suárez Zapata. Ganador del segundo concurso municipal de cuento. Sesquilé, Cundinamarca. Colombia.


Por Reinaldo Antonio Suárez Zapata.

Vereda Boitá. Sesquilé.

Ganador del segundo concurso municipal de cuento. Municipio de Sesquilé, Cundinamarca. Colombia. Categoría: Cuentan cuentos los abuelos.

Arrieros somos

Los días siempre empezaban antes de que saliera el sol, mamá Rosa siempre era la primera en estar de pie, como canto de pajarito luego de su oración decía que al que madruga Dios le ayuda. Desde la cocina hecha en piedra servíamos las sopas hirvientes que se cocinaban a fogón de leña, calentado del día anterior, arepa y agua de panela, Papá Antonio siempre repetía sopa, mis hermanas ayudaban a mi madre y luego salían camino a la escuela. Ya con el corazón contento, salía con Pegaso, mi burrito con el que acarreábamos sal de finca en finca y luego la llevábamos al pueblo, a la cooperativa que recibía la carga, luego de cuadrar cuentas en la libretica del comisionado me iba a tomar un guarapo en la chichería de doña Belarmina , siempre había alguien conocido como para compartir una totumada por el centro de Sesquilé, que por entonces fuera apenas unas pocas manzanas, ya pasadas las doce del día, bajaba por la calle de la culebrera hasta la plaza de mercado y buscaba una sopa, junto al puente de la quebrada amarraba a Pegaso que pastaba bajo un árbol, luego, tomábamos camino a la casa, sobre el valle del río Siecha, todos nuestros parientes vivían también sobre su cuenca hasta Guatavita, la familia tenía un ancestro en común. Mi nombre es Antonio, Antonio como mi padre y Antonio como mi abuelo, me contaba mi padre que mi abuelo Pedro Antonio llegó a éstas tierras siendo un niño cuando mi bisabuelo, Octavio Antonio llegó colonizando éste pedazo de tierra, el abuelo siendo un muchacho decidió tomar una tierra cercana tal como hicieran sus hermanos para formar un hogar con mi abuela que estaba en su primer embarazo, empezó a abrir los huecos de lo que serían los cimientos de la casa cuando encontró una olla de barro, recordó enseguida las historias de hallazgos similares seguidos de acontecimientos difíciles de explicar, no siempre afortunados y aunque la región estaba plagada de guaqueros él volvió a enterrar con mucho cuidado su descubrimiento y sembró un cedro sobré él para que no tuviera que ser tocada aquella tierra y para que brindara sombra en los veranos. Pegaso dormía junto a aquel árbol al que llamábamos don Cedro, en homenaje a mi abuelo y a quien le había sacado tantos rasgos , cuando volvía a la casa llevaba un buen viaje de leña a mamá Rosa y un pan de arroz para que no me dijera nada si me veía un poco alegrón por el guarapo, los viernes me llevaba el requinto al pueblo y tocaba en las chicherías, aunque estaba empezando a llegar la cerveza de la nueva embotelladora de la capital, yo prefería cantar las canciones que mi papá Antonio me había enseñado con mi guarapito y no con ésas aguas puercas que seguro mantendría empeñados a los hombres de éstas tierras, mamá Rosa se santiguaba y decía que el diluvio volvería algún día porque así lo había soñado, por ahí decían que un cura de Guatavita también así lo profetizaba luego de ser echado de su templo. Mis dos hermanas menores, Azucena y Magnolia la ayudaban mientras mi padre y yo nos encargábamos de los animales, trabajar la huerta y acarrear ciertos días con las bestias por las veredas el Hato, Tierra Negra o desde el valle. Yo nací a principios de los años veinte en casa, cercana a Sesquilé junto al río Siecha que rugía por todo el valle y se oía desde la ventana, mis viejos en lugar de sembrar eucalipto sobre el río sembraron sauco, nogal y sauce para que el río no se desbordara en las crecidas, acá se escuchan cantar las aves más que en otras fincas cercanas y cuando mi labor cotidiana está ya cumplida me voy con el requinto a la piedra que está junto al río y canto canciones, con el coro de sus aguas como “Alma de mi Corazón” , “Si Quisieras” o “Bendito Querer”, todas canciones muy apreciadas por la gente. 

Yo no fui a la escuela pero aprendí a leer y a escribir porque la vieja tenía la esperanza que me fuera al seminario, pero la verdad es que un muchacho de familia humilde siempre termina haciendo lo que toca, lo que el rigor del cotidiano presenta por éstas tierras. 

Por aquel entonces el pueblo era una pequeña villa con unas calles centrales donde transitaban todos aquellos que fueran para Guatavita o sus veredas aledañas, el pueblo olía a boñiga de caballo y a humo de los fogones que hervían salmuera, las máquinas poco se veían, ver un carro era una rareza y el ferrocarril era lo que nos comunicaba con la capital, cuando las bodegas que recibían las cargas de sal se ubicaron en la estación de tren, el viaje en promedio se nos alargó el doble, Pegaso era un animal muy noble y silbando alguna guabina o algún pasillo nos íbamos por la senda polvorienta, los vecinos se conocían entre sí y en el paisaje predominaban los muros de tapia pisada, las paredes corrugadas, terracotas y fisuradas pero firmes como un monte hacían corredor sobre las calles del pueblo, los techos de teja de barro cubrían con sus alerones bajos las aceras y las calles que estaban, algunas, medio metro por debajo de las que ahora hay. 

Cuando cumplí los 20 años ya quería salir a conocer otras tierras, con los empleados del ferrocarril llegaban noticias, rumores a veces y sobre todo historias de cómo era el resto de la patria, aunque yo he sido andariego y conozco los pueblos que por acá circundan yo los veía como marineros de tierra firme que tenían un amor en cada estación, tal vez no fuera así siempre pero a un muchacho como yo en ése entonces no le daba más curiosidad que salir a ver qué le reservara la vida, no quisiera ser el padre del próximo Antonio de la familia y quedar enterrado junto a don Cedro como mi abuelo, así mismito como lo había pedido mi padre también, es más, no sabía si sería padre de alguien, o dueño de algo, un viajero no se ancla pero si va en busca de lo que sería su tierra prometida, lo hallará, curiosamente, por las malas tocaría agarrar camino, sin poderlo pensar dos veces.


Desde que mi papá había trabajado como obrero de la construcción del Castillo del Cerezo, del general Jorge Martínez, había cogido fama de liberal, él no le paraba muchas bolas a eso de la política pero no disimulaba su admiración por Olaya Herrera y mi abuelo de alguna manera simpatizaba con el trapo rojo, el hecho es que a mí como a todos por entonces les figuraba su partido de militancia en la cédula de ciudadanía y casi que por herencia se me llamó liberal, entre otras porque me gustaba de tocar mi requinto en las chicherías y porque no iba a misa, mi madre, fiel creyente, nos contaba que desde el mismo púlpito se azuzaba a perseguir a los liberales, la violencia había empezado a recrudecer y vecinos de toda la vida que se ayudaban en las malas empezaron a mirarse con recelo, luego las palabras llevaban a los golpes, con la exaltación de las borracheras empezaron a llevar machetes y carabinas a las reuniones políticas y los muertos no tardaron en verse, el destierro fue la regla para muchos, incluyéndome, casi todos salían directo a Bogotá, más vale pájaro en mano que cien volando y volando tras de ti. Tuve que salir con lo que pude y llegué a la ciudad, allá trabajé como mensajero, lustrabotas, serenatas de vez en cuando pero la bohemia y la necesidad no son buen equipo, auxiliar del tranvía, mesero en restaurantes… en fin, varado nunca me quedé, un día antes de viajar de Bogotá al puerto de Honda, en Caldas, asesinan a Jorge Eliécer Gaitán, tuve la suerte de vivir en el barrio Belén, el barrio de los carpinteros y artesanos y debido a que sus calles empinadas y destapadas dificultaban el acceso además del río que suponía una barrera para la turba que todo lo quemó ésa noche. En otras tierras pude conseguir un requinto luego de muchos jornales recogiendo café y ahí empecé a ver que la vida me sonreía. Los pesos se podían ahorrar, al poco tiempo compré unos pollos que luego fueron una docena de gallinas en una finquita que había arrendado, perseverando con lo de los pollos conseguí al tiempo para una cerda que dio camada, con la ganancia de los puercos ya tendría unas vacas y como la lechera del cuento guardaba un miedo de que el cántaro de leche se quebrara, ya que ninguna parte del país se salvaba del caos. 


En aquella bella tierra del norte del Valle del Cauca conocí a Heliconia, la mujer que me acompañaría hasta viejo, ella siempre me pedía canciones cuando acababa de trabajar y no podía disimular su sonrisa cuando le cantaba “Tus Ojos”, “Alegre Frenesí” o “Si supieras” pero luego supe según ella que no fue por las canciones bonitas con las cuales quedó prendada sino por la pericia de mis manos en el cultivo, trabajando la tierra en uno de los jornales que hice en la finca de su padre, así mismo, ella me enamoró con sus suculentos tamales vallunos, sancochos o frijoladas que de repente me convidaba . Nos volvimos novios en secreto ya que su papá era un finquero conservador, luego de saberse la verdad la expulsaría de su casa para arrejuntarse conmigo, igual, yo ya estaba comprándole la finca al dueño con los ahorros de duros trabajos y ya había sembrado mi cedro al lado de la casita, la mano prodigiosa se da en el artista y en el campesino a la vez. 


Una tarde llegaba de trabajar cuando encontré a Heliconia llorando, dijo que vinieron unos chusmeros conocidos por la región a preguntar por mí, ya sabía cómo era la cosa así que antes de que nos hicieran lo mismo que a otros tuve que venderles la finca por una chichigua pero como estaban las cosas ni la plata completa me dieron, el cura Costas, un sacerdote español que llevaba años viviendo en el pueblo desde la gira del Cristo Rey, llevaba un par de pistolas sobre la sotana como en las películas de vaqueros, dos años después de deambular de finca en finca por otros departamentos volví con mi mujer y una niña a mi tierra de muros de barro, la niña me decía papá pero no era mi hija de sangre, la adoptamos con Heliconia luego de que quedara huérfana en medio de la violencia, la llevamos con nosotros y la llamamos Margarita. Niña de mis ojos, otra flor del jardín. Mamá Rosa nos recibió de muy buena manera, papá Antonio se sintió aliviado porque ya su hijo llegaba para ayudarle, ya los ánimos estaban calmados en el pueblo y hasta conseguí un trabajo del cual nunca dejaría de haber demanda, trabajé varios años como sepulturero del pueblo, incluso tocó enterrar a mamá Rosita, la viejita fue despedida con una serenata y varios días de misa, al poco tiempo de morir su profecía se hizo realidad no por voluntad de Dios sino por disposición de unos doctores de la capital que vieron que el valle del río Siecha era perfecto para su nuevo embalse que daría agua y energía eléctrica a la capital, fue mucha la puja para evitar la obra, ni la negativa de los hacendados del Chaleche y San José pudo ser escuchada, cuando el curita Villate (Billete), párroco de Guatavita accedió a cobrar cierto peaje para el paso de las volquetas que bloqueamos con los vecinos, no hubo qué detuviera la construcción del muro entre los cerros de la finca del señor Acosta. Precisamente ése año el duro invierno inundó con rapidez la finca, con mija Margarita y Heliconia mirábamos como el río se ahogaba en sus propias aguas y don Cedro, un árbol de 15 metros, ser cubierto a totalidad a pocos días, mamá Rosa ya lo sabía. Papá Antonio al poco tiempo fue a acompañarla al infinito, no pudo ser enterrado al lado del abuelo, como nunca tuvimos título de la finca la empresa no nos reconoció ninguna indemnización, apenas la venta de los animales dio para mandarle a mis hermanas su parte de la herencia, por mi parte me resistí a volver a la ciudad, como el agua que no has de beber, mejor dejarla correr. 

Alguna vez hablando con mi compadre Marco Tulio, me contaba sobre sus ganas de tomarse ésa cantera del cerro Siatoyá, después de la obra de la carretera, nadie iba a reclamar ése peladero, le propuse contratar a un abogado ya que según la última reforma agraria podíamos hacerlo si nos organizábamos varias familias, que si alguien era tan berraco como nosotros lleve los bultos de tierra negra y siembre, a nosotros no nos faltaría las ganas y así fue, una mañana entre cinco familias tomamos la parte baja del cerro sobre la carretera, al acto fueron varios vecinos no para apoyarnos sino para apoyar el desalojo policial, el cura Esmaragdo Giraldo nos llamaba comunistas cuando ni siquiera sabíamos que era eso, lo que sí sabíamos era la ley Lleras que nos sacó del calabozo y nos permitió armar nuestros ranchitos. Hoy soy un hombre muy viejo y casi llego a los 98 años, el cedro que sembré en ésta casa ya ha crecido mucho y Margarita y los nietos vienen seguido a visitar a su abuelo, las manos ya no dan para tocar requinto pero a ratos me ven bastoneando cuadra arriba, y calle abajo, a paso lento, como cargando el peso de los años, porque como mijo sabe, arrieros somos y en el camino nos vemos. 




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