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Los últimos días de la fiebre (Cuento). Por Gustavo Agudelo.


Por Gustavo Agudelo

La alocución presidencial los sorprendió a todos. Velásquez León, un tipo que llegó a la presidencia después de que su tesis de maestría sobre Amilcar Osorio sacudiera las fibras de los votantes, catapultándolo del estrellato editorial a la aprobación masiva en las urnas bajo el lema «Un escritor, un presidente escritor», anunció el cierre inmediato e irreversible de las fronteras y decretó el «Aislamiento Literario, Crítico y Narratológico» para todo el territorio nacional. La medida sumió al país en la incertidumbre y las críticas no se hicieron esperar. El Partido Enciclopédico Ciudadano, de corte progresista, profundamente influenciado por la filosofía kantiana y las posturas teóricas de Doc Comparato y liderado por Camila Galvis, una de las más férreas opositoras al Gobierno poético de Velásquez León, criticó la medida al considerar que restringía las libertades civiles de la misma manera que los vigilantes restringen el acceso al parqueadero de cualquier universidad pública. Del otro lado del espectro político, Juan Camilo Restrepo, líder supremo del Partido Aristotélico Unido, de filiación conservadora y uno de los principales escuderos del gobierno, salía en defensa de las medidas. La ciudadanía conocía bien las posturas disímiles de ambos partidos y afirmaban, medio en broma, medio en serio, que el fin del mundo sería inevitable cuando el «camilismo» coincidiera en algún punto de la agenda política.

No era un asunto sencillo. Una epidemia de fiebre hermenéutica estaba sacudiendo los cimientos del mundo y amenazaba con destruir la civilización estructuralista tal y como la conocemos. Las estadísticas no mentían. En países como Francia, Italia y España el sistema de salud había colapsado y las víctimas se contaban por miles. Lo que parecía una simple gripa de invierno, con síntomas que iban desde la tos mitológica comparativa o tos levistrausiana (como la llamaban los expertos) a la esquizofrenia versolibrista, se había extendido sin control desde las bibliotecas y universidades chinas hacia el resto del mundo. Estamos obligados a salvaguardar la tradición y la salud, dijo Velásquez León a su coro de ministros que, en otros tiempos y cuanto todo iba bien, respondían a todas sus propuestas y afirmaciones con un «Oh, nos has salvado, estamos agradecidos» pero que ahora, sacudidos por el miedo y sin el apoyo popular de otros tiempos, veían con desconfianza al «hombre de los rizos perfectos». Una de las más afectadas por la decisión de cerrar fronteras era Katherine Bedoya, titular del Ministerio de Instrumentos Metodológicos e Investigativos. Justo el día en el que el «hombre de los rizos» ordenó el cierre de las fronteras nacionales y el confinamiento literario de la población, un grupo de teóricos anarquistas, financiados con dinero de la empresa privada y apoyados en las sombras por la ministra y varios miembros del gabinete, intentaba filtrar el virus de la fiebre hermenéutica de manera ilegal a través de la frontera con Colombia. Juan Roldán, antiguo comandante del grupo subversivo Manuel Zapata Olivella (MAZO), una antigua guerrilla de corte garciamarquiano; Gustavo Agudelo, un monarquista desilusionado que se había refugiado en las drogas como método místico para alcanzar la epifanía literaria y Francisco Ruíz, ex vocalista de la reconocida banda «Aminoácidos caribeños», conformaban el variopinto grupo contrabandista conocido como «Los Ramones». La idea era simple: ingresar el virus al país, contagiar a la mayor cantidad de personas y esperar a que el gobierno de Velásquez León se derrumbara como lo hicieron las ventas de su más reciente libro, «La teoría Solanilla». Una vez en territorio nacional, «Los Ramones» debían dar con su enlace, una misteriosa mujer que respondía al nombre de D y cuya contraseña, de llegar a contactarlos, sería «El hermoso». El emisario nunca llegó. Los que sí llegaron a la cita fueron los miembros del Departamento Gongorista de Seguridad (DGS), organismo estatal encargado de operaciones de inteligencia y contrainteligencia, liderado por un hombre al que precedía una leyenda negra y cuyo sólo nombre inspiraba terror: Santiago Echavarría, «El hombre que hablaba como rapeando», el brazo de hierro del gobierno de Velásquez León. «Los gongoristas», así eran conocidos, retuvieron a los tres hombres y, sin mediar palabra, les cubrieron la cabeza, les ataron manos y pies y les ordenaron rezar el Padrenuestro en latín. Aquello los condenó. Ninguno de los tres hombres hablaba latín y sólo se comunicaban a través del español, una lengua vernácula e inculta que hablaba el pueblo llano, pero que era inútil para cualquier asunto administrativo que, como mandan los cánones y la tradición, debían hacerse en latín fluido.
-Nos van a matar-, dijo Gustavo, seguro de que nadie, fuera de sus compañeros, podía escucharlo.
-Yo tenía una rumba mañana-, respondió Ruiz, -ojalá alcance a llegar-
-A mí me da igual si me matan ahora o mañana; muerto o no, igual voy a seguir con sueño-, afirmó Roldán.

La detención de los contrabandistas causó revuelo en la capital del país. La ministra Bedoya sugirió el envío de una comisión diplomática conformada por el profesor Duván Cano, el hombre con más tesis de grado patentadas en la historia nacional, y la especialista Carolina Calvo, una mujer decidida, con un exquisito sentido de la moda y la primera capitalina en adquirir unos de esos modernos automóviles norteamericanos que revolucionaron el transporte nacional y le dieron a la capital del país el título de la «Chevrolet suramericana». Velásquez León pareció considerar la propuesta, pero perdió interés en la misma cuando el ministro de Editoriales e impresos llamó su atención sobre una nueva técnica de encuadernación inventada por la dinastía ptolemaica y que estaba causando furor en los Países Bajos. Lo único que quería Bedoya era ganar tiempo. La vida de tres hombres pendía de un hilo y era la única con poder para hacer algo. Había intentado infructuosamente convencer a su hermana, Vanessa Bedoya, de persuadir a Velásquez de enviar a los hombres a la cárcel y no a la guillotina en una ejecución pública que ya se comenzaba a preparar.
-Tú eres la primera dama-, le dijo, -si hay alguien que puede convencer al de los rizos de algo, eres tú-.
-Te equivocas conmigo, hermana-, afirmó, -no voy a oponerme a mi marido. Si la situación es como dices, nada puedo hacer para remediarla-
-Te detesto-, sentenció la ministra, -me caías mejor cuando estabas en la maestría-
-No me detestes, hermana. De esta no nos salvan ni los médicos cubanos-
Velásquez León los reunió de nuevo ese día a última hora de la tarde. Tengo algo que anunciarles, dijo. He nombrado una comisión de sabios que será liderada por el doctor Duván y la doctora Carolina como miembros plenipotenciarios. He dado instrucciones precisas a la comisión para que establezcan un diálogo con los subversivos. Tengan la plena certeza de que llegaremos hasta las últimas consecuencias de este bochornoso episodio que hoy ensombrece la realidad del país.  Los miembros del gabinete se miraron entre sí y, como movidos por un resorte automático, todos dijeron a coro antes de que Velásquez León saliera del salón: «Oh, nos has salvado, estamos agradecidos».
Las palabras de Velásquez no tranquilizaron a nadie. La ministra Bedoya sabía que expresiones como «comisión de sabios», «he dado instrucciones precisas» y «tengan la plena certeza», sólo podían significar una sola cosa: el presidente no iba a hacer nada y todo terminaría por irse al carajo. La solución al enigma le llegó después de una tarde de café con Lucía Sepúlveda, su mejor amiga y la astróloga más importante e influyente del país. Fue Sepúlveda quien predijo el triunfo electoral de Velásquez León pese a que nadie lo conocía en el mundo político y la baraja de candidatos incluía nombres como los de Kellita Vanegas, Carlos Castrillón o Félix Antequera, pesos pesados de la política nacional.
-Sólo el «camilismo» puede salvar este país-, le dijo.
- ¿Los kantianos o los aristotélicos? -, preguntó Bedoya.
-Los dos-

La fuga de «Los Ramones» llegó a los noticiarios mucho antes de que el gobierno hiciera algún tipo de declaración. Velásquez León no lo tomó de la mejor manera. Acusó a la ministra Bedoya de encubrir la fuga del grupo subversivo y al «camilismo» de apoyar un golpe de estado. La militarización de la ciudad no se hizo esperar. La orden era simple. Todo ciudadano que fuera sorprendido violando el toque de queda sería pasado por las armas al anochecer. Todo el plan estuvo a cargo de «El hombre que hablaba como rapeando», Echavarría y «Los gongoristas». El primero en caer fue Gustavo Agudelo. Un informante anónimo había alertado al DGS de la presencia del antiguo monarquista en un viejo edificio del centro. «Los gongoristas» rodearon el edificio, cortaron la energía y dinamitaron el apartamento que habitaba el prófugo. Todavía estaba vivo cuando los miembros del DGS irrumpieron en el apartamento. Su cuerpo fue traslado a la plaza central y, todavía con vida, abandonado a un costado de la estatua del filósofo Julián Serna Arango, padre de la nación. La imagen del anarquista agonizando a un lado de la estatua fue transmitida en cadena nacional con un aria en latín como fondo musical. El efecto fue inmediato. Las calles del país quedaron vacías. En menos de dos horas, Julián Roldán y Francisco Ruíz fueron capturados, llevados a la plaza y amarrados a la estatua junto al cadáver de Agudelo bajo una fuerte vigilancia militar. El material con el que los hombres pretendían esparcir la fiebre hermenéutica fue puesto bajo custodia. La ejecución de los dos miembros restantes de «Los Ramones» fue transmitida en vivo y en horario estelar a través de todos los canales institucionales. Ocurrido el fusilamiento, los tres cuerpos fueron ubicados a una distancia prudente de la estatua del fundador y dejados a merced de los elementos. Cualquier ciudadano del país que quisiera informarse de la «situación de los cuerpos», le bastaba con encender el televisor y sintonizar el canal institucional. Luego la conexión se interrumpió. Durante diez minutos, un apagón sumió al país en una oscuridad profunda que fue aprovechada por la ministra Bedoya para retirar el cuerpo de Juan Roldán, el hombre que amaba y al que le habría de dedicar su último acto de rebeldía. No lo hizo sola. Por primera vez en la historia democrática de la nación, el «camilismo» aunó fuerzas tras un objetivo común. Bedoya trasladó el cuerpo de Roldán al Cementerio Central donde le dio cristiana sepultura y, acompañada por los lideres del Partido Enciclopédico Ciudadano y el Partido Aristotélico Unido, la astróloga Lucía Sepúlveda y los dos miembros de la comisión de sabios, rindió homenaje al comandante del movimiento guerrillero MAZO y líder natural de «Los Ramones». Todos los asistentes al funeral fueron capturados al salir del Cementerio Central por hombres del DGS. Katherine Bedoya, Duván Cano, Carolina Calvo y los lideres del «camilismo» fueron fusilados al amanecer. Los poderes adivinatorios le permitieron a Lucía Sepúlveda conservar su integridad. Los hechos que siguieron sumieron al país en una barbarie de violencia y tertulias literarias de la que no se pudo recuperar. Una vieja leyenda cuenta que cuando el «camilismo» estuvo de acuerdo en que el cuerpo de Roldán recibiera sepultura, un fuerte temblor sacudió a la capital del país, destruyendo por completo el sanctasanctórum de la sinagoga principal. Dicen que Lucía Sepúlveda, encerrada en una de las altas torres que usaba el gobierno de Velásquez León para los prisioneros políticos y torturada a diario con grabaciones de autos de fe en latín que le llegaban a través de unos parlantes ocultos en la estructura de la torre, miró al cielo y dijo, esto ocurre para que se cumplan las palabras del pueblo profeta. El país se precipitó en la catástrofe. Paradójicamente, los primeros reportes de contagios por fiebre hermenéutica en el territorio nacional corrieron por cuenta de ciudadanos extranjeros. Velásquez León, maravillado con la técnica ptolemaica de encuadernación, había retrasado el cierre del terminal aéreo, facilitando el ingreso del virus al país. Vivía encerrado en un viejo taller editorial encontrando la manera de transmutar la poesía en oro. Vanessa Bedoya, quien fuera su esposa, lo abandonó llevándose consigo el tesoro nacional en compañía de su jefe de inteligencia, el gongorista Santiago Echavarría. El virus estaba fuera de control. Los epidemiólogos habían advertido que el virus estaba mutando y que a las variedades «aurelioarturescas», «jorgeluisborgescas» (una de las más complejas y desconcertantes de estudiar, según los epidemiólogos) y «antoniomachadescas», se les unía ahora una sepa de fiebre hermenéutica más infecciosa y letal: la «gutiérrezgirardotesca». Del país no quedan sino relatos de filósofos e historiadores clásicos y documentos apócrifos atribuidos al seudo Solanilla. En 2025 se estrenará una película autobiográfica sobre la vida de Velásquez León.

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