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Las ficciones del libertador. Por Gustavo Agudelo.




Por Gustavo Agudelo.


«Una vez más lo deprimió el desconsuelo de que todo lo suyo se convirtiera en mercancía de ocasión».

Gabriel García Márquez. 

El general en su laberinto. 

La noticia ocupó las tapas de los principales diarios venezolanos. Jorge Mier Hoffman, uno de los historiadores más polémicos de los últimos años, creador de la «Bolivarianología» (una ciencia que tiene como objeto de estudio la vida de Simón Bolívar) y ganador del «Premio Nacional de Periodismo Mención Única Bicentenaria» en 2011, fue ultimado por sicarios a bordo de una motocicleta cuando se encontraba en compañía de su esposa y su nieta en isla Margarita. La obra de Mier Hoffman saltó a la fama cuando, en una de sus acostumbradas alocuciones, el presidente Hugo Chávez habló de uno de sus libros, La carta que cambiará la historia (2008), donde el historiador sugiere que Bolívar no murió de tuberculosis, sino que fue asesinado. Si bien la justicia venezolana logró esclarecer los hechos que rodearon su muerte y capturar a los responsables, el asesinato de Mier Hoffman no pasó desapercibido para todos aquellos que seguían de cerca lo que Francisco Rivero Valero, un columnista del diario El Heraldo, dio en llamar «la maldición de Bolívar». Según Rivero, después de que Chávez ordenara la exhumación de los restos de Bolívar en julio de 2010 para esclarecer las causas de su muerte, una serie de sucesos desafortunados fueron cobrando la vida de importantes dirigentes del chavismo que, directa o indirectamente, habían participado en el proceso de exhumación. El homicidio del historiador (quien sostenía la idea del asesinato del prócer) se sumaba a una larga lista de personalidades que habían perdido la vida, y en la que se incluían nombres como los del diputado de la Asamblea Nacional, Luis Tascón; el general retirado y líder del PSUV, Alberto Müller; el exgobernador del estado Guárico, William Lara; todos fallecidos en 2010. Les seguirían, en 2011, la activista chavista Lina Ron y el excontralor Clodosbaldo Russián y en 2013, la muerte del propio Hugo Chávez. El asunto no terminaría ahí. La lista crecería con los asesinatos de Robert Serra en 2014 y Jorge Mier Hoffman en 2015. Lo interesante aquí no es la existencia de una maldición de corte egipcio sino la importancia de la figura de Bolívar en la consolidación de un proyecto político que se asume a sí mismo como heredero de sus ideales. Viéndolo en perspectiva, la continuación del ideario bolivariano no es tanto una reivindicación histórica como la justificación de un aparato ideológico que derivó en un gobierno totalitario. Es decir, un simulacro, una ficción.

Volvamos a la exhumación. La noticia causó revuelo internacional y la mayoría de los diarios más importantes de América Latina y España hicieron eco de lo ocurrido. Las imágenes, difundidas por televisión, recordaban algunas escenas de la película Epidemia (1995) con Dustin Hoffman: una veintena de hombres y mujeres ataviados con máscaras y trajes de protección química rodeaban un sarcófago. Muchos acusaron al entonces presidente Chávez de brujería y vieron en la exhumación de los restos de Bolívar, la puesta en escena de un ritual de santería y magia negra que garantizara su permanencia en el poder. Otros lo acusaron de profanar la tumba del Libertador, de mancillar su memoria y de usar los símbolos nacionales de manera propagandística y con réditos políticos y electorales. El asunto de la exhumación dividió a la ciudadanía. En una larga conversación que sostuvimos a través de la red social Twitter, el músico venezolano Antonio Corredor Aveledo (radicado en la actualidad en Suiza, pero todavía en Venezuela cuando la exhumación), mencionó que en 2010 «todavía al chavismo le quedaba un poco de cohesión entre sus partidarios, por lo que la reacción no fue unánime». Corredor, quien es doctor en letras por la Universidad de Neuchâtel, identifica tres reacciones distintas ante el hecho. En primer lugar, «entre quienes se oponían a Chávez hubo una reacción que fue entre hastío y desprecio; hastío porque estábamos cansados de bobadas, y desprecio porque era una gran manipulación». En segundo lugar, «entre quienes eran partidarios de Chávez había, como ha habido siempre en estos temas, una idea de reivindicación, de que por fin Bolívar "era nuestro, era como nosotros”», y, en tercer lugar, «la reacción de los historiadores serios, que fue, por supuesto, de perplejidad primero y de desmontaje de todo lo que se estaba diciendo». No era el único que pensaba de esa manera. En un artículo publicado en julio de 2010 en El País de España, el entonces director de la Academia Nacional de Historia, Elías Pino Iturrieta, afirmó que «no existe un mínimo fundamento científico que justifique este espectáculo nocturno. Ningún historiador sensato puede avalar la hipótesis del asesinato de Bolívar» y agregó que «no queda sino pensar que esta es una manera de que los tontos se ocupen de una muerte de 1830 y no de los desmanes que estamos viviendo en este momento». Los desencuentros entre las versiones oficiales y académicas recuerdan un poco las discusiones entre el profesor Arcain Chivo y sus estudiantes universitarios en La carroza de Bolívar (2012) de Evelio Rosero. Un destino cambiado: no la oficialidad que quiere imponerse a la academia, sino la academia que quiere desmitificar la oficialidad. No la revolución promulgada por el socialismo del siglo XXI, sino el estallido de los movimientos de izquierda en la Colombia de los años sesenta. La historia no es más que un lienzo reutilizable. Una pintura que oculta otra pintura. 

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No sería la primera vez que un asunto relacionado con Bolívar acaparara la atención de los medios y la ciudadanía. El 18 de enero de 1974, después de una larga campaña de expectativa que incluyó la publicación de avisos publicitarios en diferentes medios de comunicación, las tapas de los principales diarios colombianos registraron el hecho. El Espectador abrió su edición con el titular «Grupo del M-19 asaltó la Quinta de San Pedro Alejandrino»; El Tiempo tituló: «Orden del Día: Recuperar la Espada del Libertador». La noticia era la misma: un grupo de rebeldes asaltó las instalaciones de la Quinta de San Pedro Alejandrino y se hizo con la espada de Bolívar. La acción resolvió un interrogante. La campaña de expectativa que aparecía en los diarios no era el anuncio de una nueva medicina para la memoria, sino el nacimiento de un nuevo movimiento guerrillero, el M-19. Lo más curioso de todo el asunto es que el mismo día que el grupo robó la espada, otros miembros de la misma facción irrumpieron en el Concejo Distrital, pero no consiguieron la misma repercusión mediática que el asalto al museo.  En El robo de la espada (2010), un artículo publicado en el diario El Espectador, Alfredo Molano Jimeno menciona que «sin soltar un tiro y sin herir a nadie, este movimiento se hizo de la espada del Libertador y se tomó el cabildo distrital, dos acciones que no tenían intenciones militares, pero sí un peso simbólico sin precedentes». El ejército se lo tomó personal. Allanamientos, detenciones ilegales, uso desmedido de la fuerza. «Algunos historiadores, menciona una amplia investigación de la Revista Semana publicada en 1997 y titulada La ruta de la espada, sostienen que aquellos [el ejército] recurrieron inclusive a la ayuda de brujos y adivinos para encontrarla».  La brujería es un asunto de Estado. El mismo Álvaro Fayad reconoció que, una vez detenido a finales de octubre de 1979, fue sometido a largos y penosos interrogatorios por las fuerzas del estado sobre el paradero de la espada. La investigación de Semana afirma que Fayad siempre respondía que «la espada de Bolívar está en manos de nuestro comando superior. ¡La tiene la organización y la guardará hasta el triunfo!». La espada de Bolívar dejó de ser un objeto histórico para convertirse en un símbolo, algo que todo el mundo quería tener, una reliquia sobre la que se ciñe una sombra de sangre y fuego, como una cruzada. Algo parecido cuenta García Márquez en El general en su laberinto (1989), cuando el comandante Juan Glen, prefecto de la antigua Barranca de San Nicolás, captura a una mujer «que estaba vendiendo como reliquias sagradas los cabellos que el general se había cortado en Soledad» (p. 236). El robo de la espada no sólo incluyó a los altos mandos del M-19 sino a dos distinguidos poetas e intelectuales colombianos. Leon de Greiff, quien recibió la espada de manos de Bateman, según lo que relata alias «El Indio» en el mencionado artículo de Semana, «la limpiaron, luego la envolvieron en la manta, la metieron en la tula y la dejaron encima de unos libros en el segundo piso». El otro intelectual involucrado fue el poeta vanguardista Luis Vidales. Escondida entre libros, en un prostíbulo, bajo una mesa, enterrada dentro un tubo de PVC y con el ejército y el F2 siguiéndole los pasos. Los del M-19 sabían muy bien lo que hacían. Nada más bolivariano que esconder la espada de un tipo como Bolívar en un putiadero capitalino. Un dato adicional. La mayoría de los que tuvieron algún tipo de relación con la espada de Bolívar están ahora muertos y, muchos de ellos, perecieron de manera azarosa o violenta: Jaime Bateman, líder y fundador del M-19, murió el 28 de abril de 1993 cuando la avioneta en la que viajaba con destino a Panamá desapareció de los radares sobre la selva del Darién. García Márquez, en un reportaje publicado en la Revista Semana el 06 de agosto de 1983 y titulado Bateman: misterio sin final, cuenta que, siete minutos después de despegar del aeropuerto Simón Bolívar de Santa Marta, la aeronave «aterrizó a pocos kilómetros de la población de Ciénaga, en una antigua pista comercial fuera de servicio, donde la esperaba un grupo de 10 personas». Aunque dicho aterrizaje no estaba previsto en el plan de vuelo original, dos hombres y una mujer abordaron el aparato. Uno de los hombres, el «más alto de ellos, flaco y un poco escuálido, con una camisa de mezclilla azul y una gorra de capitán de barco, era el hombre más buscado de Colombia desde hacía 5 años: Jaime Bateman Cayón comandante máximo del M-19». El siguiente en morir fue Luis Otero Cifuentes quien perdió la vida en la Retoma del Palacio de Justicia el 07 de noviembre de 1985. Álvaro Fayad moriría el 13 de marzo, junto con María Cristina Rosero, esposa del reconocido músico Raúl Rosero y quien, al momento de su muerte, contaba con un mes de embarazo. En un artículo publicado en El País de España, el periodista Martín Prieto afirma que la presencia de Fayad en Bogotá «podría haber obedecido a la preparación de una cumbre de la Coordinadora Nacional Guerrillera ante las elecciones presidenciales de mayo». Uno de los candidatos de tales elecciones no era otro que Carlos Pizarro León Gómez, quien murió asesinado en pleno vuelo el 26 de abril de 1990, un mes y medio después de firmar la paz y entregar sus armas para participar activamente en la vida política del país. Quizá la lista sobre la que se sostiene «la maldición de Bolívar» planteada por Rivero Valero tendría que volverse a confeccionar. 

No se habían esclarecido los hechos luctuosos del Palacio de Justicia cuando Bolívar volvía a ser tema de debate nacional, esta vez por cuenta de la publicación de El general en su laberinto (1989) de Gabriel García Márquez. El primero en poner el grito en el cielo fue el exministro e historiador Germán Arciniegas, quien entonces fungía como presidente de la Academia Colombiana de Historia. ¿La molestia? Según un artículo de Pilar Lozano publicado en El País de España el 04 de abril de 1989, los miembros de la Academia no estaban de acuerdo en dos cuestiones: la primera, «que se ponga en boca del héroe palabras "soeces" como pinga y carajo, que al parecer no son dignas de un prócer» y la segunda «que las 286 páginas de la novela sirvan de pretexto para desprestigiar al general Francisco de Paula Santander». Defender a Santander, «un hombre más fino que todos los bravos que lo rodean» (p. 102), escribió Arciniegas en 1988, parecía ser la consigna. Si Evelio Rosero dijo, a propósito de La carroza de Bolívar, que la novela era su «ajuste de cuentas con Bolívar», El general en su laberinto podría verse como el ajuste de cuentas de García Márquez con Bogotá. Así lo percibió Arciniegas que, molesto y en el mismo artículo citado con anterioridad, dijo que la obra era «una provocación» y agrega que «no es una novela, como él dice. Es un libro de tesis histórica apasionado y falso, como son en general los libros de historia». Curiosa afirmación en un tipo cuya obra, de un gran valor historiográfico, podría catalogarse dentro de lo que él llamaba en tono despectivo «libros de historia». No era la primera vez que el historiador colombiano se veía envuelto en una polémica por cuenta de la figura del general venezolano. Cuando en 1983 publicó Bolívar y la revolución, el libro no cayó bien en Venezuela donde fue tildado de «antibolivariano». Lo que subyace a la discusión planteada por Arciniegas, en la que no sólo participaron los miembros de la Academia Colombiana de Historia sino grandes personalidades de la realidad nacional como el escritor Plinio Apuleyo Mendoza, el expresidente Belisario Betancur y la historiadora Pilar Moreno de Ángel, no es tanto la defensa de los símbolos nacionales (como lo son Bolívar y Santander), sino la vieja discusión entre historia y literatura; esto es, la delimitación de los oficios de historiador y literato y el uso del método científico planteada por tipos como Hegel en el siglo XIX. Lo anterior puede entreverse cuando, citado por El País, Arciniegas afirma que los académicos «hemos dedicado 30 y 40 años de estudio a la época de la independencia y la primera República. Yo no creo que por precisar cuánto calzaba Simón Bolívar García Márquez le dé mayor validez a la historia». Lo anterior sin mencionar su afirmación donde plantea que «García Márquez ha querido hacer un libro que le sirva a Fidel Castro, amigo de los gobiernos totalitarios como el que quería Bolívar». Sobre esto, el filósofo colombiano Rafael Gutiérrez Girardot, en un ensayo titulado El Bolívar de García Márquez, en El general en su laberinto y publicado en el primer tomo de sus Ensayos de literatura colombiana (2018), escribe que «desde la perspectiva de quien hizo esta afirmación, poner en relación a Bolívar con Castro, era tanto como denigrar indirectamente a Bolívar como político» (p. 248). A Germán Arciniegas el apasionamiento político no lo dejaba pensar con claridad. Su reacción frente a la novela de García Márquez es desconcertante. Y lo es porque, en medio de su férrea defensa de Bolívar y Santander como inmarcesibles símbolos nacionales, Arciniegas pierde de vista que está frente a un artefacto literario (la novela) con múltiples horizontes de sentido. El historiador bogotano olvida que no existe frontera entre la historiografía y la literatura y que, en muchas ocasiones, se sabe más gracias a la literatura que a la ciencia. Lo que Arciniegas pierde de vista es que la historia no es más que un artefacto ficcional. Gutiérrez Girardot también da cuenta de dicho desconcierto y va mucho más allá al decir que «lo que menos importa poner de relieve en esta anacrónica histeria es el hecho de que un libro engendra involuntariamente setenta libros y de que esos humanistas historiadores exhibieron una monumental ignorancia de lo que es literatura» (p. 248). Un planteamiento similar puede leerse en las apreciaciones que, en el desaparecido diario La Prensa de Bogotá, escribió el expresidente Belisario Betancur y que fueron retomadas por Pilar Lozano en su artículo para el diario ibérico, «el debate se planteó en términos simplistas y es producto del anacronismo y el parroquianismo». La discusión hegeliana sobre la historia y sus métodos volvía a estar a la orden del día. Razón tenía el filólogo español Marcelino Menéndez Pelayo cuando dijo que Bogotá era la «Atenas sudamericana».

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Uno de los aspectos más problemáticos de toda figura histórica tiene que ver con el diálogo crítico que se construye a su alrededor con el paso tiempo y con lo que representa. En muchas ocasiones, lo que representa una figura, lo que la convierte en símbolo, riñe con el diálogo crítico y lo anula, permitiendo solo el acceso a la versión oficial. Toda historia es una dialéctica, una interacción. La reconstrucción del pasado implica un diálogo crítico con la tradición; en otras palabras, no es categórico. La historia está más cerca del arte que de la ciencia.  Toda figura histórica queda a merced del tiempo. En el caso de Bolívar, el asunto es un poco más complejo porque, al tratarse de uno de los fundadores de la patria, todo diálogo propuesto está limitado por las implicaciones políticas que derivan de su representación. Esto explica por qué los Estudios sobre la vida de Bolívar (1995) del historiador José Rafael Sañudo causaron malestar tras su publicación en 1925. El mismo Sañudo se queja de ello en la advertencia que hace a la segunda edición. Cuenta que, algunos días después de la publicación de su trabajo, esperaba que del 100% de sus afirmaciones «sólo un 30% sería refutado, porque juzgaba que, ora con publicar nuevos documentos, ora con raciocinios muy ajustados a la lógica este porcentaje destruirían los escritores que hablaran de ella» (p. 83) y agrega, «ahora empero que han pasado más de seis años, puedo decir que engáñeme, pues la mayor parte de esos escritores, insultos en lugar de razones prodigáronme, y los más discretos declararon su sentir, pero no hicieron refutación alguna» (p. 83). Todavía hoy, casi un siglo después de publicada, la obra de Sañudo es vista con «beneficio de inventario» por un amplio sector de la oficialidad. No es para menos. Sañudo, como buen historiador, sabía que a los hombres se les juzga por sus acciones y no por sus pensamientos, y entiende que toda vida humana debe ser sopesada en el claroscuro propio de la existencia. La imposibilidad de acceder de manera a plena a la figura de un tipo como Bolívar, estriba en que el venezolano hizo de sí mismo una ficción. Si a eso le sumamos la rehabilitación que hicieron de él las discusiones partidistas de finales del siglo XIX y principios del XX, la apropiación política que hizo el Partido Conservador Colombiano en cabeza de Laureano Gómez; lo que significó su nombre para los movimientos revolucionarios de la década del sesenta y su posterior conversión en símbolo y tutor del socialismo del siglo XXI, uno entiende los problemas de recepción que tuvo la obra de Sañudo. En una conferencia para la Cátedra José Gil Fortoul de la Academia Venezolana de Historia en octubre de 2008, el historiador y escritor Jorge Orlando Melo menciona que «todos los partidos encuentran útil arroparse en la imagen del héroe» y explica que la apropiación ocurre, aunque «implique una deformación, más o menos interesada, de la información histórica, o al menos una selección parcial de los elementos del pensamiento y la obra de Bolívar, que parecen compatibles con el propio ideario». Esto explica no sólo la adopción de Bolívar por parte del partido Conservador y los ataques de Laureano Gómez hacia Santander amparados en su figura, sino la conversión de un tipo como José María Samper de contradictor acérrimo de Bolívar en 1853 a decir en 1881 que «cada una de sus palabras es una proclamación del derecho y el deber, que levanta polvaredas inflamadas para cegar a los tiranos». La apropiación cultural es un asunto político. Quizá el mejor ejemplo de la metamorfosis histórica de Bolívar pueda encontrarse en Las cenizas del libertador (2008) de Fernando Cruz Kronfly. En la novela, que gira en torno al fantasmagórico viaje de Bolívar por el río grande de la Magdalena, Cruz Kronfly menciona que para el viaje «sólo les fue entregado un champan aventajado de tamaño aunque visiblemente inapropiado para la categoría del huésped». Una cuestión para considerar: durante el siglo XIX los champanes fueron las principales embarcaciones que navegaban por el Magdalena. También lo fueron los barcos de vapor del comodoro alemán Juan Bernardo Elbers, a quien el propio Bolívar en 1823 concedió un privilegio especial para que iniciara la navegación a vapor. No obstante, la embarcación que aborda Bolívar en el puerto de la ciudad de Honda no es uno de los barcos del alemán sino una más modesta, un champan. Lo que hace el escritor vallecaucano es una inversión de los términos históricos.  Bolívar no embarcaría hasta que no se produjera «el milagro de convertir un simple champán en una embarcación a vapor» (p. 60). La transformación incluyó la apertura de «tantas ventanas y puertas cómo se estimó necesario. Se forraron en zaraza sus interiores para transformarlo en algo parecido a un ropero», además de alfombrar «algunos reservados improvisados, se instalaron mesas y asientos tanto el comedor como en pequeñas salas y recintos íntimos y, finalmente, se adecuaron tanto una caldera de regular potencia como dos chimeneas elevadas» (p. 60). ¿Cuánto tardó aquella transformación? Cruz Kronfly dice que «todo un mes largo se debió emplear en aquella misteriosa metamorfosis» (p. 60). Esa «misteriosa metamorfosis» es la misma que opera en la figura de Bolívar. Sañudo esperaba que con la lectura y discusión de su trabajo «vendría a establecerse un criterio histórico que analizaría los actos de Bolívar con mayor cordura, e hiciese variar las apreciaciones tan erradas que en esos días prevalecían», pero lo que encuentra es un muro de incomprensión y rechazo. Es evidente que su obra, al no dar concesiones y establecer un diálogo crítico, va en contravía de la imagen oficial. Lo que sucede es claro, la primera parte de la metamorfosis histórica había culminado. La segunda y la tercera estarían reservadas para los movimientos revolucionarios de las décadas del sesenta y el setenta y la irrupción del socialismo del siglo XXI. El principal obstáculo de Sañudo, y de todos aquellos que se han aproximado a su figura, es Bolívar mismo. Hizo de la ambigüedad una estrategia, como aquello de aceptar el nombramiento de dictador a regañadientes en 1828; exageró sus logros, el caso de la batalla de Bomboná en 1822; minimizó sus errores y los triunfos de otros generales, el abandono a sus tropas en 1814 y su posterior justificación, escribe Marx, «henchida de frases altisonantes» al arribar a Cartagena, y su negativa a reconocer como determinante el triunfo del general Sucre en Pichincha. Sobre esto último, escribe Luis Eduardo Nieto Caballero (1995) en el prólogo a los Estudios sobre la vida de Bolívar de Sañudo que «si acaso elogió más de lo debido la capitulación de Pasto y si escribió a Santander que la victoria de Bomboná fue más bella que la de Pichincha, no fue con ánimo de empequeñecer al más grande sus capitanes» (p. 55). Un ejemplo de lo anterior lo podemos encontrar en Cartas del libertador 1802-1829 (1970). En una carta dirigida a Santander, fechada el 09 de junio de 1822 y refiriéndose a la capitulación de Pasto, Bolívar escribe que ésta fue «una obra extraordinariamente afortunada para nosotros, porque estos hombres son los más tenaces, más obstinados, y lo peor es que su país es una cadena de precipicios donde no se puede dar un paso sin derrocarse» (p. 229). El profesor Arcain Chivo, personaje de La carroza de Bolívar, dirá que eso de «lo peor es que su país es una cadena de precipicios donde no se puede dar un paso sin derrocarse» no es más que «pura hipérbole» (p. 201). Todo lo que pasa en el trópico no es más que una invención. Bolívar era un tipo difícil, sin duda. El médico y escritor Mauro Torres plantea en Bolívar. Genio. Constitución, carácter (1982) que «la ciega confianza en sí mismo, la sensación colosal y megalomaníaca de que lo podía todo, la pasión por la guerra y el optimismo ante los reveses que parece no sentirlos, le hacía del todo imposible un movimiento de autocrítica» (p. 155). Bolívar hizo de sí mismo su propia ficción, era consciente de que encarnaba un mito y todas sus acciones parecen estar dirigidas a construirlo. En un capítulo de la novela de Evelio Rosero, Arcain Chivo dice que Bolívar «enrojecía de ira y perturbación si en las páginas de las gacetas, aunque se tratara de la más ínfima gacetilla de pueblo, su imagen no sobresalía como la de un genio militar y estadista, un Napoleón» y afirma que «realmente fue un creativo publicitario y se inventó un genio, él» (p. 203). La megalomanía que le atribuye Torres parece apuntar en la misma dirección: el primer mito de la obra emancipadora de Bolívar fue él mismo. Todo lo que sigue después no es más que ficción. 


Obras consultadas

Bolívar, Simón. Cartas del libertador 1802-1829. Tomo III. (1970). Banco de Venezuela. Fundación Vicente Lecuna. Caracas, Venezuela. 

Cruz Kronfly, Fernando. La ceniza del libertador. (2008). Editorial Universidad de Caldas. Manizales, Colombia.

García Márquez, Gabriel. El general en su laberinto, (1989). Editorial Oveja negra. Bogotá, Colombia. 

Gutiérrez Girardot, Rafael. Ensayos de literatura colombiana. Tomo I. (2018). Ediciones UNAULA. Medellín, Colombia. 

Melo, Jorge Orlando. Bolívar en Colombia: conservador y revolucionario. (2008). Cátedra José Gil Fortoul. Academia Venezolana de Historia. Caracas, Venezuela. 

Rosero Diago, Evelio. La carroza de Bolívar. (2012). Editorial Tusquets. México, DF. 

Sañudo, José Rafael. Estudios sobre la vida de Bolívar. (1995). Editorial Planeta. Bogotá, Colombia. 

Torres, Mauro. Bolívar. Genio. Constitución, carácter (1982). Ediciones Tercer Mundo. Bogotá, Colombia. 


Referencias electrónicas. 

https://www.elespectador.com/noticias/nacional/articulo-219336-el-robo-de-espada

https://elpais.com/internacional/2010/07/16/actualidad/1279231207_850215.html

https://elpais.com/diario/1989/04/04/cultura/607644005_850215.html

https://www.semana.com/especiales/articulo/la-ruta-de-la-espada/34708-3

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