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Un cuento de Juan Lozano. De su colección de narraciones La vida sin dioses. Calixta.

Una buena mujer 
(Todos los derechos reservados por el autor)

Por Juan Lozano

1

Un Divino Niño de neón brilla en la oscuridad, me encanta su vestido rosa, me encantan sus ojitos, lo miro porque en el televisor no dan nada bueno hasta que mi papá llega a MTV. El gran Fito Páez canta vestido de payaso, se ve un poco travesti, me gusta mucho, quisiera vestirme así y bailar ante mil espejos en donde solo me vea yo, en donde solo se vea mi gran trasero. Sí, tengo un trasero descomunal, mi papá es negro, mi mamá era una blanca muy grande y gorda, y yo tengo un trasero de diosa, hago ejercicio, lo pongo en agua helada, me lo cuido mucho. Mi padre dice que Fito es un marica, que Charly es un marica, que todos los argentinos son maricas menos Gardel; es salsero el viejo, le gusta la horrible salsa de motel y a mi hermano también. Se burlan de mí, me dicen que tengo gusto de niña, y sí, y qué, cuando crezca y me salga de este lugar infernal me iré a Buenos Aires a conocer gente chévere, gente linda, gente roquera con estilo, y no volveré a ver a mi padre, a mi estúpido hermano, y a esas vírgenes de pueblo que se ponen vestidos blancos, como de piñata de niña estúpida, que usan zapatos Mafalda, que van a misa todos los domingos. Mujeres patéticas, pueblo patético, maldito país. 

Mi madre era preciosa, una rubia de ojos azules, yo saqué sus ojos claros y saqué su voz; en las noches canto mis canciones de rock en español, Abuelos de la nada, etc., como ella cantaba su Rocío Dúrcal y Ana Gabriel y todas esas canciones mexicanas melosas que le encantaban y a mí también porque soy un hombre sentimental. En las noches llegaba mi papá y la callaba con su gran cosa, y ella gemía y ella gritaba, y yo me emocionaba, ¿por qué te fuiste, mamá? Eras mi ídola, mi ejemplo a seguir, si vieras estos hombres cómo me explotan. Desde que ella se murió yo soy el encargado de la cocina, me había enseñado a hacer lo básico. Los hombres lo sabían y me explotaron, me pusieron a cocinar, y qué pereza, aunque a veces lo hago con gusto. Pero a esos idiotas casi nunca les gusta lo que preparo, que muy dulce, que muy salado; yo sabía que era así, así nos pagan de mal a las mujeres, así de mal trataban a mi madre.  

Me encanta ejercitarme, me pongo mi camisetica y mi bicicletero y hago trotadora y abdominales y flexiones; lo que más me gustan son las cunclillas. Cuando me voy a bañar, antes de meterme a la ducha, hago el ejercicio para mantener el trasero firme. Una pesita en medio de la pierna y uno, dos, uno, dos, hacia atrás; cómo me encanta ver mis nalgas en el espejo, parecen dos jugosos melones. Pero extragrandes. Mi hermano me mira hacer ejercicio y se ríe, él es flaco y esbelto, yo tengo que hacer esfuerzos para mantenerme; le ha dicho a mi padre que yo soy muy femenino, demasiado niña. Que le da pena que me conozcan sus amigos. Yo tampoco quiero conocerlos, menos a Jorgito, qué lindo es, alto, con el pelo largo y por la mitad, cómo le quedan de bien esos brackets, siempre con los labios rojitos. A veces creo que me hace ojitos. El que más viene aquí es Pepito, una especie de esclavo de mi hermano, un indiecito flaco; de vez en cuando, si nadie está mirando, me agarra el trasero y me dice cosas al oído, le pego en la mano, es un atrevido ese esclavo, pero su agarradita logra erizarme, claro. 

Mi hermano me dijo que tenía culo de mujer y desde ese día me traumaticé, aunque después aprendí a aceptarlo y a disfrutarlo. Estábamos con mis primos ricos en una cabaña en la playa, había lindas niñas paisas mostrando el trasero, asoleándolo, hijas de traquetos. O de testaferros o lavadólares, esa gente. Tal vez el papá de mis primos lo era. Todos teníamos el pene parado, elogiábamos esos cuerpos, esos pequeños pelitos, esas formas redondas, yo las admiraba, me gustaban, también aprecio mucho a las mujeres, también me gustan algunas. Mi hermano les dijo a mis primos que yo me parecía más a ellas, que tenía trasero de mujer, que tenía caderas, que tenía las piernas muy gruesas; lloré, dije que no era cierto, se empezaron a reír; me dieron la vuelta, me dieron palmadas, me tiraron al suelo, me bajaron la pantaloneta; dijeron que sí, que, en efecto, yo tenía trasero de mujer. Que si no había mujeres, me terminarían comiendo a mí, y pues yo sonreí, pero los reté, les dije que le pegaría al próximo que dijera eso. Liderados por mi hermano, me dieron un concierto de patadas, me dejaron desnudo enterrado en la playa, cómo lloré ese día. 

La tarde siguiente tuve mi primer día feliz de verdad. Estaba solo en la piscina, ya que mis primos me rechazaban. Un hombre moreno y sin un gramo de grasa barría alrededor de la piscina, estaba en camiseta esqueleto y con una pequeña pantaloneta; su cuello estaba lleno de collares africanos, o playeros, como de brujería. El hombre, un cuarentón, me miraba, vi cómo su pantaloneta se infló, vi cómo la cabeza de una gran serpiente salía por debajo de ella. Miré mal al hombre, atrevido, él sonrió y se fue, me sumergí en el agua, estaba solo en ese lugar y me bajé la pantaloneta. Sobaba mis nalgas en el suelo y me masturbaba, pensaba en el arma de ese hombre, me la imaginé toda en la boca, hasta la garganta, tuve un orgasmo espectacular; la mejor sensación que tuve hasta ese día. Una verdadera explosión, ahí le encontré sentido a mi vida, supe para qué había venido a este mundo y por lo que tendría que luchar. Estaba metido en la alberca, llegó Pepito y se metió conmigo. Me dijo que me bajara la pantaloneta, que quería ver mi trasero de mujer; le dije que me respetara y que saliera de allí o le diría a mi hermano. Se bajó la suya, sacó su pene, era grande para ser de ese cuerpito, tenía la cabeza afuera. Volteé el rostro. Me agarró la mano, me dijo que lo tocara, no quería, pero me dejé llevar, subí y bajé un ratico su pielecita, tuve una erección; pero mi hermano se acercaba y quité la mano. Pepe se subió la pantaloneta, jugamos a que estábamos peleando, mi hermano nos miró de manera sospechosa. Le pegó un puño a Pepe ahí mismo, desde ese día no lo volví a ver. 

Veo Clase de Beverly Hills, me gusta Brandon, pero también me gusta Brenda, quiero ser Brenda. Me gusta Kelly, quiero darle un beso, pero me gusta más Dylan, ese guapo rebelde, ese papacito. Steve es un idiota y Donna es fea, solo está ahí por ser la hija del productor. David, aguanta. Tengo que ver el programa a escondidas, si mi hermano se da cuenta, me cambia de canal, dice que es un programa para niñas, que soy un marica si veo eso. A él le gusta el fútbol y las películas de terror, yo no le veo gracia a lo primero, sí a lo segundo, incluso soy más valiente que él. Cuando vio a la estatua de Jesucristo abrir los ojos en El exorcista cerró los suyos, yo no, cómo disfruté esa película. Por otro lado, me encanta Cristo, esa barba, esa desnudez, esa sangre que recorre su cuerpo; cómo la lamería, cómo lavaría sus sucios pies con mi lengua cada vez que me lo pidiera. 

Estoy caminando con mi papá y mi tío que nos vino a visitar, tengo puesta una pantaloneta de fútbol un poco ajustada, me gusta cómo me queda. Mi padre le dice a mi tío que está orgulloso de mi hermano, pero que yo soy un joven raro, con un cuerpo raro, que tengo piernas de elefante y trasero de mujer. Mi tío dice que está de acuerdo, me mira con detalle y pasa la lengua por sus labios, es asqueroso; me bajo un poco la pantaloneta, les digo que no es cierto y salgo corriendo, ellos se ríen a carcajadas cuando me voy. Hombres me silban mientras corro, me tropiezo y me caigo. 

Estoy en mi cama, viendo el techo, siento mi cuerpo caliente, veo una película de acción. Los hombres ahí son musculosos, rudos, tienen la voz gruesa. Busco un lapicero, me bajo la pantaloneta y me lo meto por allá, empiezo a masturbarme con lentitud. Recuerdo al hombre de la piscina, tengo un orgasmo muy fuerte, pero no como el de la primera vez. Mi hermano entra a la habitación y me tapo rápido, me mira y hace un gesto de negación, me escupe, sale y cierra la puerta duro; después lo escucho hablando con mi padre. 

Vuelvo a tener un orgasmo muy fuerte cuando me masturbo en el baño viendo mi trasero en el espejo, cómo me encanta, me imagino que yo mismo estoy metiendo el pene ahí, que me hago el amor. Qué rica sensación. 

Leo La metamorfosis de Kafka, me gusta mucho leer, mi favorito es Borges, aunque no entienda a ese viejo raro. Me rapan el libro de las manos y lo tiran al suelo, es mi hermano que me mira como quemándome, me dice que mi padre quiere hablar conmigo y me espera en la mesa. 

—Rodrigo, me preocupa algo, yo veo que desde un tiempo para acá está actuando muy raro, tiene movimientos como de niña. Tal vez fue un error ponerlo a cocinar. Ya la gente en el barrio está hablando, su hermano me dice que todos piensan que usted es marica. Y yo no quiero maricas en mi casa, imagínese un negro o un mulato marica, tiene todas las de perder. Me hace el favor se comporta, vístase como hombre, camine firme y saque el pecho. Yo sé que tiene caderas anchas y un trasero grande, pero eso no significa que es una mujer, es un hombre, actúe como tal. »Ya le dije, maricas no quiero en esta casa, no decepcione al espíritu de su mamá, a ella tampoco le gustaría, si usted sigue con la maricada es mejor que se vaya de esta casa. Ya sabe.

Le dije que no era marica y me fui corriendo a mi cuarto, me encerré y lloré mucho en mi cama. Escuché afuera la risa de mi hermano y a mi padre que le decía que era hora del partido de fútbol de la Champions.

2

Estoy en mi apartamento, llueve, hace frío, pero no importa: tengo un par de OxyContin en la cabeza. Escucho música, algo de New Order, me maquillo, cómo me encanta maquillarme como puta, en exceso, cómo me gusta verme en el espejo. Cruzo las piernas, son muy gruesas, veo que me he engordado un poco, tal vez mucho, ya les están creciendo pelitos; no me gusta cuando lo que veo es un hombre con falda. Un par de tragos de vodka y bailo un poco. Hoy es mi noche, hoy me tomaré las calles tristes de Chapinero, hoy le alegraré las almas a muchos. Mi novia me dejó, al fin, tenía que celebrarlo; decidí dejar la maricada, el complejo, la represión, decidí por fin vestirme de mujer y salir a tomarme la noche. Devorarla. Tengo ligueros, una minifalda roja, un body y mi chaqueta de cuero roquera; me veo regia, la gente se sorprenderá al ver este bello espécimen que nunca ha visto vestido así por estos lugares, un nuevo marica que llega a pisar duro; estoy viejo, pero todavía hay tiempo para la venganza. Tengo cuarenta, trabajo en la multinacional Caribbean Soul, soy un ejecutivo exitoso. Bueno, no exitoso, nunca he podido comerme las vergas que tanto he querido, primero mi familia, luego mis novias, intenté fingir, intenté corregirme, pero ni modo; seguro no será demasiado tarde. 

Salgo, una señora que lleva unas bolsas del Éxito se cambia de acera. ¿Así estaré de fea? Ay, espero que no, debe ser una maldita beata. Camino, me incomodan un poco los tacones, pero la piloteo, lo importante es no caerme, no hacer el ridículo. Unos muchachos pasan en un carro y me pitan, ay, qué emoción, tal vez me veo linda; es un buen presagio para la noche, ojalá me los encuentre más adelante. Voy pasando por una calle solitaria, un hombre de unos cincuenta años fuma recostado en la pared, me mira, me guiña el ojo. ¿Cuánto cobras?, me dice. Le digo que no cobro, que hago esto por amor al arte. Me responde que estoy muy buena, que así se la recomendó el doctor, me invita a un callejón cercano. Qué emoción, Dios. Me lleva de la mano, me besa el cachete, me sonrojo. Me tira contra una pared, me besa el cuello. Un gato blanco y uno negro nos miran subidos en una teja, maúllan. Cae un relámpago. Llueve un poquito, ha escampado. Dejo la sombrilla a un lado, me mojo. Ay, qué rico, el hombre me agarra el trasero con su mano gruesa, qué poto tan grande, me dice, le contesto que es todo suyo. Se recuesta contra la pared, me ordena que me arrodille. Pensé que nunca me pasaría y estoy extasiada, ni con el OxyContin. Le bajo la cremallera, saco su monstruo, pues, no es muy grande, pero no está mal para una primera vez. Me meto el pescadito a la boca, huele a orines, pero no importa, ese olor a hombre es espectacular. Le lamo la cabecita y para adentro, me lo meto suave, nunca había sentido algo tan rico; el hombre toma mi cabeza y lo hunde todo, llega hasta la garganta, casi tengo un orgasmo bucal. Me subo la minifalda, me empiezo a masturbar al mismo tiempo. Él lo mete y lo saca, gime, me confiesa que lo hago mejor que su mujer. Ay, qué satisfacción. Me llena la boca de semen, amarillento, yo también me vengo, mí líquido sale expulsado y le inunda los zapatos. Me regaña, me dice descuidado, se sube la cremallera y se arregla la camisa, se peina un poco. Me paro, me compongo también, le digo que fue muy rico, que cuando quiera lo repetimos. Me responde que ni se me ocurra, que él no es marica, que solo quería tener la experiencia, que es un hombre casado. Que, además, estoy muy gorda. Le digo que no me dijo eso mientras gemía, se saca algo del bolsillo de atrás; me dice que me vaya rápido de ahí si no quiero que me llene de anos sangrantes por todo el cuerpo. Qué ordinario. Me advierte que a nadie le dolerá otro marica muerto; me voy corriendo de allí. Qué genio el de estos hombres de hoy.  

No me pasa nada gracias a Dios. Me tomo otro OxyContin para tranquilizarme, mi cuerpo tiene mucha tolerancia a estas pastillas, menos mal. Llevo cinco años tomándolas, me alivian la tristeza y el vacío. Veo la fila afuera de la discoteca, está larga, pero no importa; es mi noche. Me hago en la fila, hay gente muy bella, hombres guapos y robustos con pelucas hermosas, mujeres divinas, Madonnas, Lady Gagas. Bueno, un poco más tercermundistas. Pobres. Alcanzadas. Pero son lindas. Nadie me mira, no llamo la atención; un travesti de ojos azules, muy alto, se ríe de mí. Pues yo soy una ejecutiva, él será un muerto de hambre. Yo soy un abogado inteligente, el asesor estrella de mi empresa; ella será una putica más, un marica rastrero. Pero está lindo, para qué. Una señora muy vieja y pequeña que vende chicles me ofrece marihuana, me dice que tiene unos baretos armados a veinte mil. Le digo que muy caros. Me contesta que es de noche y es un sitio exclusivo. Ni tan exclusivo. Le compro, fumo un poco. Se acercan dos maricas flaquitos, simpáticos, me dicen que si les regalo un plon. Les digo que claro, que menos mal que llegaron porque estoy muy sola. Se fuman varios, hablan entre ellos. En la entrada está parado un negro grande, me parece bien que me manosee, lo hace muy serio, ese hombre ha perdido la sensibilidad con tanto marica por ahí. Adentro suena Hot Chip, qué hermoso, gente espectacular baila, altos, jóvenes, pocos son feítos; veo que el mercado LGBTI está muy bien en la ciudad, hay ganado. Nadie me mira, los flacos se han ido con el bareto, casi no puedo pedir un coctel en la barra concurrida, pero al fin me lo dan. Bailo sola, no importa, me siento feliz; la alta ojiazul se sigue burlando de mí, no me importa, a mi edad ya nada me importa. Quiero ser libre, nada más. Los flacos vuelven a acercarse. Uno me dice que están vendiendo de los mejores éxtasis en el lugar, pero que ellos tienen que sacar dinero, que si les presto. Les digo que claro, la verdad el dinero me sobra. Más una noche como hoy. Bueno, tampoco, pero me puedo dar ciertos lujos. Les doy cincuenta mil pesos, se van, no los vuelvo a ver. Sigo bailando, pero me marean las luces, tal vez sea por mezclar varias drogas, tal vez deba ir a mi casa y volver otro día, o algo mejor, conocer otra discoteca de la zona. Salgo de ese colorido pero opresivo lugar. Mucha gente libre allí, pero yo no me sentía tan libre. Tal vez tengo la ropa muy apretada. 

Camino por la trece, hay muy poca gente, borrachos, drogadictos. Gente dormida en las aceras. Las puertas de los almacenes llenas de grafitis obscenos o contra el gobierno. Veo a los mariquitas flacos, se están riendo, me acerco a ellos. Me dicen que no me pueden pagar, que en ese momento no tienen dinero. Les digo que no importa, que vayamos a un motel, que yo invito. Me dicen que no se acostarían nunca con una gorda como yo, que no sea optimista. Uno saca una navaja, me ordena que les entregue la billetera y el celular. Mierda. Se los entrego. Me dice que me pierda de ahí si no me quiero morir y que no vuelva por esa zona, que no soy bienvenida. Que allí gustan poco los maricas viejos. Se van caminando, tranquilos, no hay policías por allí. Menos mal tenía veinte mil en el brasier, por si acaso. Quiero agarrar un taxi hasta mi casa y acostarme en la cama a llorar, tomarme todo el frasco de OxyContin con vodka y seguir escuchando la lluvia y a los gatos y los ruidos horribles de esta ciudad, las motos de suicidas, los carros de borrachos desesperados, las empresas nocturnas que siguen su funcionamiento con esclavos subterráneos. Creo que me puse un poco poético y trascendental, mal. Siento un hambre del demonio, decido buscar un perro caliente por ahí, ya que no he hecho mercado. ¿Qué me puede pasar?, ya no tienen nada que robarme. Camino por algunas cuadras oscuras, no sé por qué la alcaldía no invierte en luces, se lo roban todo. Veo un carrito, lo atiende una viejita que parece gemela de la dealer, me acerco, creo que podré comerme dos perritos. Me dice que el combo con gaseosa vale veinte mil, le digo que muy caro; me contesta que es de madrugada y que es un sitio exclusivo. Le doy los veinte y como. Tendré que irme a pie a mi casa que no está muy lejos, es en Chicó Bajo. Paso por un parque, unos morenos juegan basquetbol a esa hora, con chaqueta y pantalón largo. Jean ajustado. Me silban, me asusto, uno de ellos se acerca. 

Uy, gordita, quién pidió pollo, dicen. Quién pidió un combo con todo. El tipo está bueno, es altísimo, tiene pies gigantes. Tenis Nike LeBron James. Los demás me miran y se ríen. Le digo que me deje tranquilo, que me robaron, que me voy a mi casa. Quiénes te robaron para ir a pegarles, bebé. Vamos por ellos de una vez, me dice. Lo pienso, pues son de mi raza, aunque yo sea más clarito, tal vez si les damos una lección a esos maricas… Les digo que bueno, pero que no tengo nada que darles. Me dice que lo harán por gusto, por solidaridad de raza. Pero que antes les puedo hacer unas mamaditas, claro. Yo, feliz, le digo que puedo consentirlos toda la noche si quieren, que no tengo afán. Que conozco un callejón desolado por ahí. Acepta. Son cuatro, me siento dichosa, privilegiada, Dios no es tan malo, tal vez la noche termine muy bien, con un orgasmo muy fuerte que me haga olvidar de todo el mal de esta ciudad. Llegamos al callejón, los gatos siguen ahí; uno de los morenos les lanza una piedra y huyen; qué malo. Todos me manosean, el que me abordó primero, que parece el líder, el más alto y guapo, saca su pene. Y Dios, es largo como una manguera, no tengo con qué comparar su grosor; parece una trompa de elefante; casi negro, venoso. Qué rico, ni en los sueños más optimistas viviría algo como lo de esa noche. Era como el pene del diablo, del amado diablo, del diablo más sexy, o sea de Dios; así debía ser el pene de Dios, de los ángeles. De Cristo, un Cristo negro. Un sueño. Me sobé la cara con él, lo lamí con devoción, con los ojitos cerrados, él me sobaba la peluca. Los otros tres también sacaron sus penes, no eran tan grandes, pero estaban bien respondones; hubiera querido tener mil huecos para gozar por todos lados. Pero ni modo. Dios no es tan generoso. O sí, este Dios negro estaba generoso. Me tiraron contra la pared, se turnaron, me dolió mucho el trasero, sangré mucho; pero cómo gocé. Cuando entró el jefe después de un rato, saqué mi pene –que tiene su grosor también– y me masturbé, tuve un orgasmo que no se imaginan, uno que nunca tendrán ustedes, queridos lectores; sin prejuicios, un orgasmo libre. Un orgasmo de marica que sale de la represión a los cuarenta. Si el cielo existe, lo vi esa noche. Y es infinito, así dure un segundo. Sentí que me agarraron de la peluca y reventaron mi cabeza contra la pared, se me apagó todo. Me arrodillé, me agarré la frente, sentí puños y patadas por todo el cuerpo. Maldito marica, gritaban, maldito degenerado, la vergüenza de la raza, un marica negro. Les dije que ellos también habían gozado, me pegaron más duro. Menos mal tenía tres OxyContin encima, y otras droguitas, eso hizo que no me doliera tanto. Lloré, les dije que me dejaran tranquilo, que no le estaba haciendo mal a nadie. Que cómo era posible que hubiera negros homofóbicos. Me dijeron que eran cristianos y que iban a limpiar la ciudad de travestis negros, que no iban a permitir que avergonzaran a la raza. Le dije que ellos avergonzaban a la raza con su violencia. El líder me dio un puño tan duro que nunca se me olvidará. Escupí sangre y todo me dio vueltas. Se alejaron, tuve esperanza de que me dejaran vivo, cerré los ojos. Cuando los volví a abrir traían unas varillas, me cubrí la cabeza. Se enseñaron contra mi cuerpo, les seguí rogando que me dejaran, me arrodillé. El duro me dio una patada en la cara que me tumbó. Escuché una sirena de Policía. Sentí que corrieron, no dejaron de gritar insultos, yo estaba tirado en la calle, sucia, con la cara aplastada en el asfalto, tragando mierda. 

Alcancé a tomarme el último OxyContin. 

Se acercaron dos policías. Otra loca cascada, dijeron, quién lo manda a vestirse así de degenerado. Les pedí ayuda, me recogieron, me subieron al carro. Dijeron que me llevarían a la cárcel por estar peleando en la calle, que me preparara porque allí me volverían a cascar los delincuentes a los que no les gustan los maricas. Pero que no me preocupara, que antes pasaría por la enfermería de la estación. Les dije que me dejaran en la clínica El Country, que yo no era un travesti de calle, que era un ejecutivo, solo esa noche me había vestido así para una fiesta. Que unos nazis me habían confundido con una trabajadora de calle y me habían cascado. Me dijeron que no me creían, aunque por el hablado gomelo tal vez. Aceptaron, me pidieron cien mil pesos para cada uno; les dije que me habían robado la billetera. Uno me volteó la cara de nuevo de una cachetada, la sangre volvió a salir; les dije que me dieran los nombres. Me sacaron del carro, me tiraron de nuevo en donde estaba y me dieron un par de patadas. Marica, pobre y mentiroso, agradezca que lo dejamos aquí y no lo desaparezcamos, nadie lo reclamaría, asqueroso; mírese, es un gordo vestido de prostituta, quiérase un poquito, pendejo. Se fueron, yo decidí quedarme un rato ahí tirado, no tenía fuerzas para levantarme. Media hora después, vi a la mujer de los perros calientes. Se acercó a mí, me ayudo a pararme; su hermana gemela, la de los baretos, esperaba al final de la cuadra. Entre las dos me dieron para el taxi, para que me llevara a la clínica. Les agradecí con el alma, les besé las manos, se las limpiaron en los sacos de lana; menos mal todavía existe gente buena y decente en esta ciudad de hijueputas. 

3

Estoy en la clínica, me dieron pastillas, no OxyContin, pero sí Fentanilo, es todavía más rico. Benditos opiáceos, qué haría sin ellos. Menos mal tenían mi registro, me conocían, un compañero del trabajo vendrá a traerme dinero. Pedí unas hojas y un lapicero y escribí lo anterior, me regué, necesitaba descargarme. Escribí la historia en presente para hacerla más emocionante; la golpiza me sucedió hace cuatro días. Me han tratado muy bien en la clínica, eso sí, el cubrimiento en salud de Caribbean Soul es fenomenal. No me arrepiento de vestirme como zorra, lo volveré a hacer, menos apretadita, pero volveré a tomarme la noche de Chapinero. La próxima vez, llevaré una pistola, por si acaso, al que se intente aprovechar, lo jodo. Nadie me impedirá ser libre, nadie me impedirá comer vergas a plenitud. Ya sufrí mucho por mi familia, por mis novias, ahora en la calle, pero seré fuerte; este marica viejo será feliz porque lo será. Miro la ventana, llueve, lloro de nuevo, le pido a la enfermera otro Fentanilo. 

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