Por Juan Pablo Plata.
El próximo gobierno colombiano de Abelardo De la Espriella representa un ejemplo más de esa peligrosa fusión entre política, patriotismo y religión que tanto daño ha hecho a las sociedades. Usar la fe católica y el cristianismo en general como estandarte de “valores éticos” y “alta moral” no es novedad, pero sigue siendo una maniobra oportunista que merece ser desmontada. Parece un asunto del pasado que se reencaucha para dar la peor versión presente del neoconservadurismo. Como señalaba Christopher Hitchens, el sentido moral y ético no nace de las creencias religiosas, sino que las precede: los seres humanos desarrollamos nociones básicas de justicia, empatía y reciprocidad mucho antes de adquirir cualquier dogma. La religión, en el mejor de los casos, puede canalizar esos impulsos; en el peor, los secuestra para legitimar poder, excluir al diferente o justificar privilegios. Pretender que sin la Biblia o alguna iglesia u organización religiosa no habría moral es ignorar la historia de la ética humana y, sobre todo, es un recurso retórico para blindarse contra la crítica: quien cuestione al político cristiano no solo ataca una gestión, sino que supuestamente ataca al mismísimo dios. Esta estrategia se repite en los países occidentales donde partidos y movimientos de derecha se autoproclaman defensores del cristianismo y el catolicismo. Se llenan la boca con la defensa de la civilización judeocristiana, la familia tradicional y los valores morales, mientras aplican políticas migratorias y estatales duras, a veces francamente inhumanas y caen en el comportamiento corrupto, paramilitar e ilegal pese a sus filiaciones religiosas y cacareada probidad. La incoherencia es escandalosa. La Biblia, fuente supuesta de sus dogmas, es muy clara en Levítico 19:33-34: “Cuando un extranjero resida con ustedes en su tierra, no lo opriman. Trátenlo como a uno de sus compatriotas. Ámenlo como a ustedes mismos, porque también ustedes fueron extranjeros en Egipto. Yo soy el Señor su Dios.”
El mandato en Levítico es inequívoco: el extranjero no es una amenaza que hay que contener, sino una persona a la que hay que amar “como a uno mismo”. El mismo libro sagrado que invocan para condenar ciertos comportamientos personales es ignorado cuando se trata de política migratoria. El “ama a tu prójimo” se vuelve selectivo: vale para el vecino de mi barrio y mi misma clase social, pero no para el que llega huyendo de la miseria, la violencia o el colapso de Estados fallidos. Esta doble moral debilita tanto la credibilidad religiosa como la política. Si se usa la fe para ganar votos y legitimar autoridad, entonces esa misma fe debe ser coherente en todos sus preceptos. No se puede invocar la defensa de la cristiandad y los valores tradicionales mientras se criminaliza al migrante y se lleva una conducta inmoral y falta de ética en los asuntos del derecho y del Estado. Eso no es defensa de valores; es instrumentalización de la religión para encubrir xenofobia, conveniencia electoral y conducta ilegal. En Colombia, como en Europa y en otras regiones del primer mundo, la mezcla de política y religión suele producir más división que virtud. La verdadera moral no necesita exhibirse con escapularios ni biblias en mano ni rituales. Se mide en políticas concretas: cómo se trata al más vulnerable, al forastero, al que no puede devolver el favor. Mientras los autoproclamados guardianes de la fe sigan fallando estrepitosamente en ese examen, su discurso moralista no será más que retórica vacía y, en última instancia, una ofensa a la inteligencia y a la propia tradición que dicen defender.
Coda: Veamos a los Nunca, que son los de siempre, gobernar y veamos cuán éticos y morales son frente a sus creencias.
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