Foto por Juan Pablo Plata
Jean Paul Silver, un escritor ateo nacido en las cálidas tierras de Colombia, llegó a Jerusalén con una mezcla de curiosidad y escepticismo. Había viajado a Israel para documentar las tensiones culturales de la ciudad, un crisol de religiones que, para él, no eran más que narrativas humanas enfrentadas. Su ateísmo no le impedía fascinarse por las historias que el ser humano teje para explicarse el mundo, y por eso aceptó la invitación a una exposición de afiches islámicos en el corazón de la Ciudad Vieja.
La galería era un espacio estrecho, con paredes de piedra que exudaban siglos de historia. Los afiches, vibrantes y cargados de caligrafía árabe, parecían susurrar bajo la luz tenue. Jean Paul, con su cuaderno en mano, anotaba detalles: los colores, las formas, las frases en árabe que no entendía pero que le parecían hipnóticas. Uno de los afiches, en particular, lo atrapó: un diseño geométrico que parecía girar infinitamente hacia el centro, como un ojo que lo observaba. Por un instante, sintió un mareo, como si el suelo bajo sus pies se hubiera desvanecido. Sacudió la cabeza, atribuyéndolo al cansancio del viaje, y salió al bullicio de las calles de Jerusalén.
No tomó un taxi ni caminó conscientemente. Sin embargo, al alzar la vista, se encontró frente al Olive Tree Hotel, a kilómetros de la Ciudad Vieja. Su corazón dio un vuelco. ¿Cómo había llegado allí? Revisó su reloj: apenas habían pasado diez minutos desde que salió de la galería. Imposible. El trayecto, incluso en coche, habría tomado al menos media hora. Sus manos temblaron mientras buscaba su teléfono para verificar la hora, pero la pantalla estaba apagada, como si la batería se hubiera agotado en un instante.
Al entrar al vestíbulo del hotel, el aire se sintió denso, cargado de un olor a especias y cuero viejo que no recordaba de su llegada. La recepción, moderna y pulida esa mañana, ahora parecía desvaída, como si el tiempo la hubiera desgastado. En el suelo, donde esperaba ver el mármol reluciente, había un mercado improvisado: puestos de antigüedades, alfombras deshilachadas, cestas con dátiles y granadas. Los vendedores, con ropas que parecían sacadas de otra época, lo miraban con ojos que brillaban demasiado, como si supieran algo que él ignoraba. Una mujer envuelta en un velo oscuro le ofreció un espejo de bronce. Jean Paul, sin saber por qué, lo tomó. Al mirarse, su rostro estaba allí, pero detrás de él, en el reflejo, vio la galería de afiches, el diseño geométrico girando sin fin.
Retrocedió, dejando caer el espejo, que no se rompió al tocar el suelo. El sonido del mercado se desvaneció, y de pronto el vestíbulo volvió a ser el del Olive Tree moderno: luces brillantes, aire acondicionado, el murmullo de los huéspedes. Pero Jean Paul no podía sacudirse la sensación de que algo lo había seguido desde la galería. En su habitación, encontró su cuaderno abierto en una página que no recordaba haber escrito. Era un dibujo tosco, casi infantil, del afiche geométrico, con una frase en árabe que no entendía. Debajo, en su propia letra, estaba escrito: “No camines. Ya estás aquí”.
Esa noche, mientras intentaba dormir, escuchó un susurro, como si el aire mismo hablara en una lengua antigua. No sabía si había cruzado un umbral en Jerusalén, si el afiche lo había llevado a algún lugar imposible, o si su mente, agotada, lo estaba traicionando. Pero cuando cerró los ojos, el diseño geométrico giraba en la oscuridad, y el suelo bajo su cama parecía desvanecerse otra vez.
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